Muchas veces realizamos acciones y esperamos determinados resultados: enviamos un currículum esperando obtener un puesto; contactamos a alguien esperando que reaccione de determinada manera; emprendemos un proyecto deseando llevarlo a cabo…
Se me ocurre pensar que esas acciones que esperan resultados son como botellas que arrojamos al mar. A veces obtenemos la respuesta que esperábamos y otras, no. ¿De qué depende una u otra cosa? ¿Depende del contenido que colocamos en esa botella? ¿Depende de quien está del otro lado y envía la respuesta? ¿Del destino? ¿De la suerte?
Sea cual sea la explicación, cuando la botella que nos vuelve no contiene el mensaje que deseábamos, tal vez sea necesario pensar en cambiar la pregunta, cambiar la dirección. Si elegimos un rumbo determinado y las cosas no salen, quizá lo más inteligente sea no seguir insistiendo y tomar un nuevo rumbo. Pero me pregunto, ¿cuántas veces podemos cambiar el rumbo?, ¿cuántas veces podemos volver a empezar?
Cambiar el camino no es cambiar de vida. Cambiar el camino no es apagar y volver a prender. Cambiar el camino no es tirar todo lo vivido, quedarse sin nada y nacer otra vez. Cambiar el camino es continuar en ese proceso único para cada ser humano. Es seguir siendo nosotros mismos pero enriquecidos por más experiencia ganada. Cambiar es parte necesaria del proceso
Aunque a veces parezca que retrocedemos, es sólo un espejismo (algo que parece ser lo que no es). Siempre avanzamos. Y la dirección en la que avanza nuestra vida en general, estará dada por nuestros valores, nuestras convicciones y los sentidos que elijamos en nuestro laberinto
Ojalá que, en relación a esa dirección general, sí hagamos las elecciones correctas. No importa, entonces, qué respuesta obtengamos al arrojar tal o cual botellita al mar. Si el ser es un proceso, como se dice habitualmente, «que el árbol no nos impida ver el bosque».
Lo ùnico constante en la vida, es el cambio, Heràclito
